viernes, 5 de enero de 2018

Vispera



Víspera, cuando todo está aún por llegar. El lugar donde aguardamos el día señalado. La espera. Siempre he preferido las vísperas. los momentos anunciadores, la ilusión por que llegue lo ansiado. Es el día anterior, sin duda, el protagonista de todo. El que concentra y aglutina en él todo lo que se puede desear que ocurra al día siguiente. Durante la víspera, todos los pensamientos, los anhelos, los miedos, cobran vida. Son palpables sin haberse - lógicamente - podido aun materializar.

El día anterior a las vacaciones de verano, quizás el más revelador ejemplo de lo que intento explicar. El momento previo en el que todo está aún por pasar. Todo lo planificado con anterioridad a ese día y previo a su comienzo real, se condensa en esas horas previas al viaje, al descanso, al ansiado cambio. Las reacciones químicas que experimentamos, el aumento de endorfinas, la dopamina segregada en ese lapso de tiempo, es el indicador indiscutible de que ciertamente es la víspera lo que realmente nos conmueve. Un niño siempre va a preferir al día de Reyes su víspera. Preferimos Nochevieja a año nuevo. Elegimos la espera a la llegada de lo esperado.

Después de todo, es la ilusión lo que deseamos, no su materialización. Siempre decepcionante, aparece después de la víspera para esfumarse en un abrir y cerrar de ojos, confirmando la volatilidad del día, constatando que siempre es mejor el deseo, por inmaterial, por abstracto, que la realidad. El día muestra a todas luces nuestras miserias y cómo nunca vemos satisfechos nuestros anhelos. Esperábamos más de las vacaciones, o fueron demasiado cortas, deseábamos mejores regalos, queríamos la gran juerga. Nos prometimos ser felices la víspera y hoy entre algunos destellos, con el esfuerzo por cumplir las expectativas, indefensos ante todo lo ajeno, ante todo lo que no supimos prever, nadamos entre las dudas que la víspera nunca anunció.

jueves, 31 de agosto de 2017

#lovethesummer (estio2)

Mientras me preparo la comida, el telediario anuncia que un trozo de hielo inmenso se ha desprendido de la Antártida y que aquí, se quema Portugal. Otro récord de temperatura. Imágenes de muchedumbre en las playas, calles vacías. Aliño la ensalada y mientras como, ojeo algunas fotos colgadas en Instagram. Pies en la arena en primer plano sobre un fondo de mar azul venden libertad. Rostros llenos de felicidad, #lovethesummer, puestas de sol de ensueño. Tu me enseñaste a desconfiar del verano. -Bajo su careta, tras los millones de fotos y cuerpos bronceados, detrás de la sensación de libertad, detrás de tantas sonrisas, se esconde el vacío. Un vacío tapado con imágenes. Tú sonríes en mis recuerdos y Facebook se ha convertido en un escaparate comercial. Facebook no es más que una guía de autoayuda. -Y nosotros sacamos más fotos, para tapar el agujero y calmar nuestra ansiedad. No queremos asomarnos al precipicio, enfrentarnos a la terrible verdad, al absurdo. Nos limitamos a seguir avanzando, constantes, ilusos, febriles, drogados. Ansiosos de ilusiones y espejismos. Aun sabiendo que no es posible la Dolce Vita, que los viajes soñados son solo Prozac.
Hoy aún hace más calor que ayer. Pienso en los días que me quedan para poder volver. Pienso también en los veranos que pasamos juntos, en todas las ciudades que visitamos. Los viajes, los cigarros en el balcón cuando llegaba la noche y esa risa que se te escapaba de vez en cuando entre calada y calada. Las fotos perfectas, las playas desiertas, nuestras miradas cómplices y aquella vez en Cadaques cuando me dijiste que sería la última vez. Que no querías volver.
Pero yo necesito mi dosis, preparar la maleta. Disfrutar otra vez del verano, sentir ese #lovethesummer aunque no sea real.


viernes, 13 de enero de 2017

NOCHES DE OTOÑO Y EL VIENTO DEL SUR



Hay noches de otoño en las que el viento sur sopla nostalgias estivales que traen consigo fragancias olvidadas. Noches que son conversaciones bajo tu casa, sentados en el portal mientras la gente vuelve de las terrazas o salen de sus casas camino del paseo. Noches de ruido de motos, de encender un cigarro. Hay noches de otoño que te hacen ser joven de nuevo. Maravillosas noches de octubre que son los julios caducados hace veinte años. Recuerdos guardados en estanterías que rara vez te da por mirar.

Hay noches como la de hoy, que mientras paseas dándole vueltas a todo, te sorprendes pensando en mi. En porqué no volvimos a vernos. Piensas en las noches como esta, en las que nos sentábamos a discutir de cualquier cosa en un banco del parque. Como si en realidad entendiésemos de lo que hablábamos. Tú te quejabas de todo, decías que habían clonado una oveja y que no podía haber estupidez mayor. Yo me fijaba en tus ojos, como se iban enrojeciendo de rabia mientras seguías despotricando y no podía aguantar sonreír mientras pensaba con sorna, descuida, a nadie se le va a ocurrir clonarte.

Eran esas noches en las que salías de casa, arropado por el viento del sur y tu chaqueta vaquera las que nos hicieron felices. Yo te esperaba en el banco, enfrente de la estatua del parque que siempre nos pareció tan inquietante. Tu traías café y bebíamos y discutíamos sin sentido. De cualquier cosa. Sobre si había vida en otros planetas, cual era la mejor marca de tabaco, de lo bueno que era el último disco de Radiohead. Hasta sobre el puto Phil Collins...

Recuerdo que una de las últimas veces que nos vimos discutíamos sobre qué sentido tenía todo. La vida en general. Seguir, sabiendo que todo daba igual. Decías que en realidad no éramos tan importantes, ni tan especiales, ni tan únicos, que la vida era una rueda, que las canciones que escuchábamos eran solo putas canciones que escuchábamos, que son mentira y solo dicen lo que queremos oír en cada momento.

Hay noches como esta, que se van haciendo un nudo y desearías poder dar marcha atrás. Cambiar una frase, llamar por teléfono. Sin darte cuenta que eso no va a hacer que las cosas sean como quieras. Yo no voy a aparecer de repente en esta noche de otoño en el banco que mira a la estatua, ni tú me recuerdas tan bien como crees. Te engaña la nostalgia y no te deja ver que en realidad todo ha cambiado, que nos queda poco o nada que discutir, que ni siquiera existe el parque ya, que somos desconocidos. Hay noches sin luz, con viento del sur que susurra pasados que son mejor no escuchar.

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Anexo 1: Foto de la estatua del parque.




Anexo 2: Versión de canción sobre una estatua. (Esta es la de un jardín botánico)



sábado, 17 de septiembre de 2016

Esos momentos y la lluvia.




Hay veces en los que deseas que lleguen esos días lluviosos. Sentarte frente a la ventana y escuchar las gotas golpear el cristal del salón.  No pensar en nada más, no hacer nada más. Solo escuchar llover. Ayer fue un día de esos, domingo, resaca, comienzo del otoño y muy poco o más bien nada especial pendiente por hacer. Llovía.

Así pasé la mayor parte del día. Me levanté, no recuerdo a qué hora pero no era temprano, creo que más bien era entrando la tarde ya. Un agudo dolor de cabeza decidió despertarse conmigo y acompañarme a desayunar. Bajé a por pan a la tienda que está a la vuelta de la esquina. Ese fue el único momento en el que salí de casa y pensándolo ahora, no sé para qué cojones bajé. Ni siquiera probé el puto pan. Inercias de la costumbre supongo. De vuelta en casa, me tomé un ibuprofeno con un vaso de agua, preparé café, intenté comer unas galletas rancias que tenía en el armario y descarté totalmente poner nada de música. Simplemente me bebí el café, tiré las galletas a la basura, entré en la sala y me dejé caer en el sofá. Cerré los ojos.

Cuando los abrí de nuevo, el dolor de cabeza se había marchado, el día estaba avanzado y la lluvia empezaba a sonar con fuerza en la ventana. No recordaba mucho del día anterior. El club nuevo al que decidimos ir, imágenes de mis amigos bailando en el garito, los flashes, el humo, brazos en alto, olor a alcohol, la luz del taxi. Ahí acababa todo. Miré el móvil y eran ya las seis de la tarde, ninguna llamada ni mensajes, decidí deducir que todo fue bien esa noche. Decidí también apagar el teléfono.

Es extraño pero a veces, me invade una sensación de plenitud en los momentos más banales. Cuando salgo a hacer la compra, mientras tiendo la ropa mojada o ayer mismo, sentado semi a oscuras en el sofá. Son retales de tiempo insignificantes que me sorprendo viviendo como extraordinarios y que me gusta disfrutar. No me ocurre a menudo pero  hay días que los contemplo así. Dirás quizá que son consuelos. Pensarás que ya solo encuentro satisfacción en las actividades más cotidianas, que soy incapaz ya de lanzarme a las emociones que puede ofrecer la vida, los viajes, los amores, las amistades... No es eso. Simplemente, de vez en cuando, mientras me tomo un café sentado en la cocina, o cuando estoy limpiando aquella estantería, o en el lapso de tiempo entre que salgo de casa y llego a la panadería, es como si pudiera observarme desde fuera. En cierto modo, sentir no ser yo. Ser el sujeto y el objeto de la acción. Ejecutor y observador. Personaje y narrador. 

Ayer, cuando la lluvia golpeaba con más fuerza y ya había oscurecido del todo, me levanté a precalentar el horno en la cocina. Mientras esperaba, apoyado contra el cristal de la ventana, eché un vistazo a la calle. Los charcos, los coches circulando con la lluvia reflejada en los focos delanteros, el fluorescente de la cocina que empezaba a parpadear. Yo. Aquella pareja luchando con un paraguas contra el tiempo. En cierto modo sentir no ser yo. Una sonrisa. El pitido del horno. La pizza congelada. Domingo, el sofá.

martes, 16 de junio de 2015

HUSOS HORARIOS



¿Y si resulta que vuelves de un viaje agotador y es tan tarde que la noche ya es alba y no has podido dormir, qué pasará entonces? El día ha levantado y todas las ventanas del bloque ya se han encendido y el ruido de persianas ajenas acompasa tus pasos por la cocina mientras preparas café. Qué pasará entonces, si mientras calientas tus manos con la taza repleta de café con leche, la radio suena y es esa canción otra vez y no puedes evitarlo. ¿Qué pasará? Cogerás el teléfono e intentarás llamar como has hecho otras veces. Marcarás el número y dudarás durante un segundo si apretar el botón verde es la mejor opción y al final pulsarás el rojo para volver a marcar y pulsar el botón rojo y volver a marcar…
Y si supieras que yo te espero, que sé que Alemania es imposible y es improbable Japón, ¿seguirías colgando después de marcar? Y yo, qué haría yo, si también vuelvo de viaje y ya es tan tarde que es de noche, ya ha oscurecido y fuera la gente baila porque es sábado y mañana domingo y yo tengo miedo a los domingos porque son el último día de la semana y cuando no estás, después, solo llega otra semana más. Por eso no salgo de mi casa, por eso no sé que hacer, me quedo atrincherado y espero junto al teléfono con una copa de vino. Pero tú tomas café y deben ser las siete de la mañana y yo me emborracho porque son las once de la noche. Es este maldito desorden en el que vivimos. El jodido jet lag, los husos horarios. Si pusiéramos en hora el reloj de la sala, si así pudiéramos coincidir…


jueves, 7 de mayo de 2015

CONJUNTOS


Cuando despertó, todo había cambiado. La mesilla de la cama donde la noche anterior dejó el libro que leía antes de dormir, había desaparecido. Se dio cuenta de esto en mitad de la noche, cuando le entró sed y quiso levantarse a beber agua. Acercó la mano hacia donde se supone debía estar la mesa para intentar encender la pequeña lamparita que tenía, pero no lograba dar con ella. No recordaba nada extraño, en un momento de su lectura, el libro se le escurrió de las manos, decidió apagar la luz y en menos de un minuto estaba dormido... ¿Sería un sueño, una especie de pesadilla? Recordó reprocharse haber cenado tanto en el bar de abajo, pero de alguna manera tenía que compensar su pésimo día en la oficina y no era nada que no hubiera hecho otras veces. Tenía que ser un sueño, sin duda, pero duraba ya demasiado y no podía despertar. La angustia empezó a apoderarse de él, se levantó dubitativo, posó el pie en el suelo y palpando la pared, con cuidado de no tropezarse, llegó hasta donde debía estar la puerta de su cuarto buscando el interruptor de la luz principal. Ahí no había nada, solo pared, la esquina y más pared. El corazón le empezó a latir con fuerza en ese momento, de pronto era una persona ciega y desorientada dentro de su propio cuarto, incapaz de alcanzar la puerta ni de ver absolutamente nada en el espesor de la oscuridad de esa que ya, estaba seguro, no podía ser su habitación. "Debo estar soñando" se repetía pero no lograba salir de él. La tarde anterior habló con Inés como cada día y se despidieron también como siempre, deseándose un bonito despertar.

 

En el estado en el que se encontraba, desorientado y asustado, era incapaz de comprender qué estaba ocurriendo, no era capaz de concebir una explicación lógica o mínimamente comprensible a lo que estaba sucediendo. Se derrumbó en el suelo y cogió su cabeza entre las manos. "Piensa, piensa..." intentaba ordenar las ideas y guardaba silencio esperando escuchar algún ruido externo, un atisbo de vida fuera de ese cuarto sin puertas ni interruptores, lámparas ni nada que lo sacara de esa oscuridad total. Pero no sucedía nada. Pasó varios minutos así sentado en silencio hasta que decidió intentar buscar la salida. Se levantó del suelo y desde la esquina donde estaba él ahora, donde debía encontrarse la puerta de su cuarto, recorrió la pared hasta llegar a la siguiente esquina. Nada, solo eso, otra esquina y más pared. Continuó bajo esa oscuridad total, palpando el yeso que presumía pintado de azul claro, quizá porque así eran las paredes de su cuarto. No deja de ser curioso como los recuerdos nos hacen buscar en lo desconocido aquello que nos confortó en el pasado, aunque sea en el banal hecho de imaginar azul, como la nuestra, la pared de una habitación totalmente ajena.

 

Avanzaba despacio por el cuarto, apoyándose en la pared, inseguro, con miedo de tropezarse con algún objeto, la otra mano barriendo el aire, buscaba la pared que cerrara el cuarto y la puerta que lo sacara de ahí. Por fin, la pared acabó en una esquina y su mano chocó con la madera de lo que tenía que ser una puerta. Con ambas manos recorrió la madera y dio al fin con una manilla metálica. Giró y su mecanismo abrió la puerta que daba directamente al exterior. La luz fuera era cegadora, tanto que tuvo que cerrar la puerta un poco y retroceder para acostumbrar sus ojos. Ansías tanto una cosa y cuando crees conseguirla resulta que aún no es posible y no queda más remedio que esperar. Abrió la puerta de nuevo y pudo al fin salir al exterior, pero fuera no había nada, solo un páramo desértico que se extendía hasta el horizonte. Mirase donde mirase, llanura desértica y nada más. Le invadió de nuevo una sensación de desamparo. Se sentó en el suelo del porche que había tras la puerta de la casa, esa casa de un solo cuarto sin ventanas ni interruptores, a la que no sabía cómo había llegado y que le escupía a un mundo tan hostil como baldío. Pensó entonces que ya sería viernes y que posiblemente nunca más volvería a ver a Inés y en lo que ella pensaría cuando esa tarde él no apareciera a recogerla por la estación de trenes. Y pensó también que no sabía que sería mejor ahora, volver a la casa o echarse a andar. Sonrió.

domingo, 22 de marzo de 2015

DOMINGO

Vuelve. Un ataque, algo inesperado y en domingo, ¿por qué será...? En los altavoces suena Nacho Vegas y son cajas de música difíciles de parar. Son notas, son agujas, son palabras que se clavan... "esta vida iba a ser otra y algo salió mal..." Y ahora yo me hallo delante del folio en blanco otra vez y no sé qué contarte, no sé si tengo nada relevante que decir, nada que te pueda hacer parar tres minutos a leer. Aun así sigo rellenando de negro los huecos, pensando que es mejor el sonido, es mejor el barullo, infinitamente mejor que la nada tiene que ser la suciedad y el desorden. No sé porqué pero si no ¿qué? La vida puede descomponerse en trazos. Ayer fuimos parte de un mismo dibujo y hoy solo garabatos sobre el mismo folio. Tus ojos son los que ven e interpretan mi vida, por eso relleno los espacios en blanco, por eso sigo día tras día pintando de azul a cada momento los espacios e inventando mientras puedo, mis respuestas a preguntas no formuladas. Esperando gustarte.

Qué absurdo, y es domingo. Tengo que saber que es domingo, necesito los domingos, sin ellos no habría lunes ni tampoco sábados y tú no estarías. Dejaré de teclear cuando te canses de leer, cuando nada te importe y nada tenga sentido, entonces solo andaré por la playa vacía el domingo de lluvia y las huellas serán palabras que no leerás y todo dará ya igual. Así será mejor, otra vez el silencio, otra vez todo escrito, otra vez mensajes en botellas que se pierden en el mar. La luna y Marte allí arriba observando el vacio y yo aquí, rellenando los huecos, como si importase en realidad.

 https://www.youtube.com/watch?v=HRfvUhkPpRg